Límites difusos

límites difusos

Sólo podía centrarme en los símbolos y las marcas. Abrí un carpesano y comencé a clasificar etiquetas de prendas de ropa o de productos con las marcas que me eran familiares. La sensación era increíble, estaba haciendo algo grande, muy grande. 

Estaba diseñando mi negocio, un gran grupo empresarial que abarcaría grandes gamas de productos y servicios, me encontraba al borde de hacerme rico y sabía que muy pronto lo podría compartir con mis seres más allegados. 

Tenía que ir cuidadosamente pensando mis pasos, no podía escribir nada digitalmente porque podían estar pinchandome la red. Por eso, por las noches, cuando tenía un despunte de brillantez, cogía mi libreta y apuntaba mis ideas allí para que ningún servicio secreto tuviera acceso. 

Si habéis visto Matrix, entenderéis mejor lo que está sucediendo. Yo, una persona normal, iba a dejar de serlo. Y así como el conejo blanco de Matrix, yo estaba viendo otros muchos símbolos que me iban a llevar a otro nivel. 

Todo conocimiento es poco, así que decidí comenzar a leer, acumulé grandes columnas de libros divididos en ficción y no ficción. Ya nunca más volvería a ser un inculto. Además, me iba a preparar para lo que me esperaba. Ser el elegido, una persona tan inteligente que superaría el coeficiente de 160 puntos de Einstein. 

Una amiga de la familia estaba enterada de mis progresos y decidió ayudarme. Me quiso llevar a un centro donde una amiga suya podía entender todas mis ideas. Ya era hora, porque nadie me entendía. Me llevó con su MINI y aparcamos en el parking. Tuvimos que aguardar un rato en la sala de espera. Los cuadros eran fantásticos con formas geométricas. 

Había un niño en silla de ruedas, tenía la impresión de que podía ayudarlo. De repente dijeron mi nombre. Era la hora de la entrevista con esa chica, comencé explicándole cómo había llegado hasta ese punto de brillantez y que era necesario que nadie más supiera del plan. Le pedí sus credenciales para asegurarme. En efecto, era miembro de un centro para la supervisión de superdotados. 

Para entrar solamente me pedían que me pusieran un chip en el cuello. Al principio me acobardé, pero acabé cogiendo coraje. Para mi era importante tener esa oportunidad. Me pusieron una inyección para procurar olvidarme de cómo había llegado al lugar. Me desperté cuatro horas después. 

Llevaba una pulsera con el nombre del lugar, Hospital Provincial. Me lo quité de inmediato. Compartía habitación con un chino, eran conscientes de la importancia de que aprendiera el idioma, no cabía duda. 

Cuando salí de la habitación me encontré con un chico y otra chica de mi edad, les pregunté por cómo funcionaba todo aquello. Me dieron ciertas pautas para no quedarme rezagado en aquel lugar. 

Todo estaba saliendo como yo había pensado.

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2 opiniones en “Límites difusos”

  1. Fantástico relato, Marc! Podría ser el principio de una novela de suspense psicológico. ¿O qué?

    1. Hola Fran! Pues he ido jugando un poco desde la breve autobiografía que tengo sobre mi enfermedad, y de hecho es el principio de lo poco que tengo escrito como auto ficción. Lo de suspense suena tentador jeje 🙂

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